En el capítulo dedicado a Ecuador, del libro Cine iberoamericano: los desafíos del nuevo siglo, escrito por Octavio Getino y publicado recientemente, se asegura que Ecuador produjo, entre 1988 y 1999, un promedio de cuatro largometrajes anuales y que además, importó anualmente 510 películas para su exhibición en salas. Todo ello fue incluido en una encuesta oficial de la UNESCO, sobre las cinematografías nacionales en los años noventa, informe que estaba sujeto a las inexactitudes típicas de las empresas oficiales. No obstante, cierto aire de optimismo se percibía en el cine ecuatoriano entre 2006 y 2007, cuando se anunciaba el acercamiento que se iba a dar entre el Consejo Nacional de Cinematrografía y el Gobierno, reunión que incluyó al vicepresidente de la república, al Ministro de Cultura y a varios cineastas y personas del medio. El objetivo era exponer el apoyo que necesita el CNC para ser incluido en el presupuesto nacional del Estado con el fin de obtener el capital necesario para iniciar sus gestiones de soporte al cine nacional. De este modo, Ecuador dispondría de una Ley de Cine que le permitiría un desarrollo más o menos armónico a este respecto.
El año 2006 parece ser el punto de arrancada, pues fue entonces que se registraron grandes avances en cuanto la legislación ecuatoriana sobre el cine. En el mes de febrero se publicó la Ley de Fomento del Cine Nacional, y el presidente de la República firmó el Decreto Ejecutivo N. 1969, mediante el cual se establecen las disposiciones para la creación, producción, distribución, comercialización, exhibición de películas y otras actividades que buscan fortalecer el desarrollo de la industria cinematográfica, atendiendo la integración y fomento de la misma. Sin este reglamento ese instrumento jurídico no tenía funcionalidad ni consecuencias prácticas. Con la expedición del reglamento se inicia el proceso de constitución del Consejo Nacional de Cine, que está integrado por cuatro delegados del sector público (Presidencia de la República, Instituto Ecuatoriano de Propiedad Intelectual, Ministerio de Comercio Exterior y Casa de la Cultura Ecuatoriana) y tres delegados de las organizaciones profesionales de cineastas (uno de los directores y guionistas, uno de los productores y uno de los actores y técnicos).
El CNC será el encargado de administrar el Fondo de Fomento al Cine Nacional con el fin de apoyar a la producción de manera reglamentada, ya que hasta el momento, todo tipo de auspicios recibidos por las producciones nacionales que se otorgaban desde las instituciones públicas no estaban sujetos a ninguna reglamentación y se asignaban arbitrariamente. La aprobación de este reglamento se produce después de un largo proceso que estuvo liderado por el Colectivo Pro Ley de Cine, en el que unieron esfuerzos Asocine, la Fundación Cero Latitud, la Corporación Cinememoria y Egeda Ecuador, y que ha contado con el compromiso del Ministro de Educación y Cultura, Raúl Vallejo, y del Presidente de la República.
Para acceder a los beneficios que trae consigo esta Ley, toda película deberá pasar por la calificación del Consejo Nacional de Cinematografía siempre y cuando esta cumpla con los requisitos señalados en el artículo 2 de la Ley de Fomento del Cine Nacional:
Artículo 2: Para hacer efectivos los beneficios contenidos en esta Ley, el Consejo Nacional de Cinematografía deberá emitir la correspondiente calificación de película nacional, a las obras cinematográficas, que siendo producidas por personas naturales o jurídicas con domicilio legal en el Ecuador, reúnan por lo menos dos de las siguientes condiciones:
a) Que el director sea ciudadano ecuatoriano o extranjero residente en el Ecuador;
b) Que al menos uno de los guionistas sea de nacionalidad ecuatoriana o extranjero residente en el Ecuador;
c) Que la temática y objetivos tengan relación con expresiones culturales o históricas del Ecuador;
d) Ser realizadas con equipos artísticos y técnicos integrados en su mayoría por ciudadanos ecuatorianos o extranjeros domiciliados en el Ecuador; y,
e) Haberse rodado y procesado en el Ecuador.
Ya se pueden percibir algunos rápidos síntomas del auge que representó esta Ley. En la edición número 47 del Festival Internacional de Cine y Televisión de Cartagena, donde se ha proyectado la participación de 30 productores de 15 países iberoamericanos, se incluyeron tres títulos ecuatorianos junto a exponentes de Argentina, Brasil, Bolivia, Colombia, Chile, Cuba, España, México, Panamá, Perú, Portugal, Puerto Rico, Uruguay y Venezuela. En esa edición se eligieron tres películas ecuatorianas para que participen y a la vez busquen financiamiento. Las películas seleccionadas fueron La muerte de Jaime Roldós, de Manolo Sarmiento y Lisandra Rivera (Corporación Cinememoria); Isla de paz, de Mauricio Samaniego e Isabel Dávalos (Cabezahueca Producciones), y Luca & Lulu, de Michel Latorre, Fernando Vallejo y Diego Darquea (Cineon). Una gran oportunidad constituyó el Festival de Cartagena para estas tres producciones que están buscando camino en un país donde parece que seguirá costando enorme esfuerzo conseguir financiamiento del gobierno para el cine nacional.
Por otra parte, dentro de la reciente animación, también se cuenta el hecho de que en la edición 57 del Festival de Berlín, se exhibieron fuera de competencia tres largometrajes ecuatorianos: Qué tan lejos, de Tania Hermida; Esas no son penas, de Anahí Hoeneisen y Daniel Andrade; y Cuando me toque a mí, de Víctor Arregui. Recientemente el filme Qué tan lejos fue aclamado internacionalmente, pues recibió premios en la categoría de ópera prima en los festivales de Montreal y La Habana, entre otros. La acogida que ha tenido entre los ecuatorianos ha sido sorprendente tomando en cuenta el poco apoyo al cine local. Otras producciones apenas han aparecido en sus periplos internacionales, entre ellas están el documental El Comité, de Mateo Herrera; Cuando me toque a mí, que se presentó en el Festival de Biarritz de Cines y Culturas de América Latina y ganó el premio de actuación masculina para Manuel Calisto. Además, el 25 de mayo de 2006, fue creado el premio cultural Augusto San Miguel con el fin de reconocer los mejores trabajos cinematográficos realizados en Ecuador, se declara el 7 de agosto como Día del Cine Ecuatoriano, y se otorga el primer premio Augusto San Miguel a Víctor Arregui por su filme titulado Cuando me toque a mí.
Manuel Ocaña, español radicado en Guayaquil, presentó en l925 sus primeras Actualidades con reseñas sobre La Revista del Cuerpo de Bomberos, El Trágico encuentro de los pugilistas K.O. Pacheco (peruano) y Tito Simon (ecuatoriano) y las exequias fúnebres de Francisco Urbina Jado (director del poderoso Banco Comercial y Agrícola). En l926 realizó Las olimpiadas de Riobamba, que incluyeron partidos de fútbol entre las ciudades de Ambato, Cuenca, Riobamba, Quito y Guayaquil y “todo cuanto se refería a la práctica olímpica nacional”. En 1928, sus actualidades todavía anunciaban todo tipo de sorpresas.
Aparte de esas experiencias, Augusto San Miguel, dramaturgo y actor, fue el primer director, productor, actor y guionista cinematográfico del Ecuador. Nació en Guayaquil en 1906 y murió muy joven en esta misma ciudad, en 1937. Se sabe que San Miguel colaboró para revistas y periódicos nacionales y extranjeros de esa época. San Miguel era un apasionado del teatro. Comenzó en papeles pequeños y luego funda su propio grupo de teatro. Escribió diversas obras teatrales como El último bohemio (1930), Sombras, Tercer cuartel (1936), Yo no soy comunista, Almas bohemias, entre otras. Sus grandes influencias eran el cine mudo francés, de Hollywood y alemán de los años 20, que pudo conocer durante su estadía en Europa. Fue un gran bohemio y su obra se perdió en algún punto entre sus viajes y aventuras, pero fue capaz de usar la herencia paterna para hacer la primera película de ficción ecuatoriana. El 7 de agosto de 1924, en los teatros Edén y Colón, se estrenó El tesoro de Atahualpa, el primer largometraje de cine mudo con argumento en el Ecuador, “una historia de aventura basada en la popular leyenda sobre el paradero del oro por el que se quería pagar el rescate del emperador inca, y que se cree fue enterrado en territorios desconocidos del país, posiblemente los Llanganates”. El estreno de la película fue un acontecimiento, una novedad en todo el país, de modo que, el mismo año del estreno de El tesoro de Atahualpa, en 1924, San Miguel filmó y estrenó en Quito otra película muda Se necesita una guagua y luego, en 1925, Un abismo y dos almas. A partir de 1924, con tan solo diecinueve años y en el lapso de ocho meses, San Miguel rodó en Guayaquil tres películas de ficción y tres documentales, fundando así lo que la especialista en cine ecuatoriano Wilma Granda llama una Pequeña Edad de Oro del cine ecuatoriano. Lástima que semejante impulso inicial apenas encuentra continuadores, por razones que ha explicado el estudioso Jorge Luis Serrano en sus apuntes El nacimiento de una noción, de 2001.
En el documental Augusto San Miguel ha muerto ayer (2003), del cineasta quiteño Javier Izquierdo, uno de los familiares de San Miguel señalaba que si se desea empezar una búsqueda de las películas del director pionero, probablemente la clave sería el camarógrafo chileno Roberto Saa Silva, quien participó en la grabación de El tesoro de Atahualpa y los otros filmes y que hacía de distribuidor del filme, ya que fue él quien llevó otras copias para las proyecciones en Quito y Cuenca. De este modo comenzó la producción de cine en el Ecuador en los años veinte. Además, en la misma década, el italiano Carlos Crespi dirigió el importante documental Los invencibles shuaras del alto Amazonas.
El advenimiento del cine sonoro, entre 1930 y 1931, detuvo el desarrollo de la industria cinematográfica nacional, que intentó hacer frente a las nuevas películas por medio de la “sonorización en vivo”, es decir, la interpretación de textos y canciones simultáneamente a la proyección, aunque sin éxito. Por eso, durante aproximadamente dos décadas el cine nacional se dedicó a los documentales, los noticieros y los reportajes turísticos promocionales, cuyos principales temas eran Quito, los toros, los aviones e imágenes de guerra, hasta los años cincuenta. En el texto clásico de la historia del cine latinoamericano El carrete mágico (1994), de John King, se le dedica al Ecuador una página, la misma que comienza mencionando a la primera película sonora hecha dentro de las fronteras nacionales, Se conocieron en Guayaquil (1950) del chileno Alberto Santana; cinta que es, para redondear el drama, la única ecuatoriana que el historiador Georges Sadoul hace constar en su Histoire du cinèma mondial (edición corregida y aumentada de 1967).
Como en todos los países del continente, el llamado Nuevo Cine Latinoamericano se hizo sentir en Ecuador, promovido por los intelectuales de izquierda, entre ellos Ulises Estrella, director de la Cinemateca Nacional. Durante ese período proliferaron las coproducciones mexicano-ecuatorianas. Durante la siguiente década, se fortaleció el género documental, y en 1977 se legalizó la Asociación de Autores Cinematográficos del Ecuador. Fecha clave es 1980, cuando se estrenó el cortometraje Los hieleros del Chimborazo (1980) de Gustavo Guayasamín. De inmediato Jaime Cuesta dirigió Dos para el camino, la historia de dos pícaros que recorren el Ecuador en busca de formas fáciles de subsistencia, narrada en corte costumbrista y humorístico.
Fue un ejemplo de esta tendencia hacia el desarrollo del cine de ficción la adaptación cinematográfica en 1989 de La Tigra, obra de José de la Cuadra, cuyo director Camilo Luzuriaga, se convertiría en un experto de la adaptación literaria mediante filmes como Entre Marx y una mujer desnuda, a partir de Jorge Enrique Adoum, y de 1809-1810: Mientras llega el día, que relata los aconteceres de la Independencia quiteña. En el American Film Institute Preview, de Washington, escribió Michael Jeck, en enero de 1996: “¿Ha visto una película ecuatoriana últimamente? No lo creo, porque su industria cinematográfica es tal vez la más pequeña de América Latina, y sin embargo ha producido ya al menos un cineasta de clase mundial en Camilo Luzuriaga...una voz única, humorística, sensual, fantástica, tanto como realista y satírica”. Director, productor, fotógrafo, editor y guionista, Luzuriaga nació en 1953, y es uno de los poquísimos ecuatorianos, por no decir el único, que desde hace unos cuantos años está dedicado profesionalmente al cine.
Luzuriaga era aficionado a la fotografía desde la adolescencia. En la Universidad se incorporó a un grupo de teatro y luego devino actor. Posteriormente, abandonó sus estudios y se dedicó enteramente al cine. Fotógrafo desde 1971, llegó a las cinco exposiciones fotográficas individuales y fue el organizador del Primer Encuentro Nacional de Fotografía Contemporánea, en 1982. También fue profesor de fotografía en la Facultad de Artes de la Universidad Central del Ecuador de 1982 a 1987, y de Imagen en la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad Católica del Ecuador desde 1994. Sus primeros años como realizador los dedicó al documental (Tierra Cañari, súper-8, 1977, primer premio en la categoría súper-8 en el Concurso Nacional de Cortometrajes, Quito; Don Eloy, 16mm., 1981, segundo premio en el I Festival de Cine Ecuatoriano; codirección y edición de Chacón maravilla, 16mm., 1982, primer premio en la categoría de cine infantil en el Festival de Tampere, Finlandia; Así pensamos, 16mm., 1983, segundo premio en el II Festival de Cine de los Pueblos Indios, Río de Janeiro), hasta llegar a La Tigra, realizada en 35 mm., en 1989, y premiada como la mejor película y mejor ópera prima en el XXIX Festival de Cine Iberoamericano de Cartagena. En la edición francesa del Diccionaire des Filmes (1995) de Larousse el único filme ecuatoriano que consta es La Tigra, que se ubica en el corazón mítico del profundo Ecuador, donde vive la indomable Francisca, conocida por todos como La Tigra; ella es la mayor de tres hermanas huérfanas; un día un curandero negro predice su futuro y les habla de un hechizo, de la salvación por los pecados de las dos hermanas mayores.
A continuación Luzuriaga logra hacer un segundo largo Entre Marx y una mujer desnuda, de 1996, premio Coral a la mejor dirección artística en La Habana y mejor guión y banda sonora en Trieste, Italia. El filme cuenta la atormentada relación de un grupo de jóvenes activistas con su realidad, la filosofía marxista, y el sexo, durante la década del sesenta en Ecuador, cuando la revolución parecía estar a la vuelta de la esquina, y donde todo estaba prohibido, hasta el amor. Posteriormente, Luzuriaga llegaría a ser el productor ecuatoriano de Prueba de vida, 2001, dirigida por Taylor Hackford y protagonizada por Meg Ryan y Rusell Crowe.
Otros filmes que cabe resaltar por ser hitos en el renacimiento del cine ecuatoriano son Ratas, ratones y rateros (1999) de Sebastián Cordero, ubicada en medio de la miseria urbana del Ecuador, y la historia de Salvador, un joven ladrón envuelto en una espiral de delincuencia cada vez mayor gracias a su primo Ángel, un ex-convicto. La segunda película de Cordero, aún mejor que la primera, se titula Crónicas (2004) y narra la visita de un grupo de periodistas de Miami a una zona marginal del Ecuador. La película está situada en Babahoyo pero podría ser cualquier región pobre del país. El grupo de periodistas lo lidera Manolo Bonilla (el colombiano-norteamericano John Leguizamo), un cazador de noticias de un programa sensacionalista impulsado por hambre de protagonismo, fama y dinero. Junto a él se encuentran su camarógrafo Iván (José Maria Yazpik) y la productora del programa, Marisa (la bella actriz española Leonor Watling). Lo que los ha llevado al Ecuador es el último de los asesinos en serie utilizado por los medios para ganar ratings: el “monstruo de Babahoyo”. En esta ocasión se trata de un asesino de niños. Después del tremendo éxito nacional e internacional de Crónicas, Sebastián Cordero emprendió la preproducción de la película Manhunt, sobre la persecución al asesino de Abraham Lincoln y que se será protagonizada por Harrison Ford.
En el celebrado artículo Ecuador y América Latina ¿Es su cine escaso y de mala calidad?, firmado por Sebastián Cordero, este asegura que “producir cine en el Ecuador es casi un milagro. Con un promedio de un largometraje cada tres años, hablar de una industria cinematográfica ecuatoriana es algo aún muy lejano. No existe ningún tipo de ayuda gubernamental para la producción, lo que dificulta mucho las cosas, pues el cine local no ha podido todavía ser rentable. Ratas, ratones y rateros ha logrado convocar a cerca de 110 000 espectadores en Quito y Guayaquil, con más de quince semanas en cartelera. Esto la convierte no solo en la película ecuatoriana más exitosa de la última década (y posiblemente de la anterior), sino también en una de las diez películas más taquilleras de los últimos años. Sin embargo, a pesar de tener tan buenos resultados y de haber tenido un costo relativamente bajo, inferior a US $ 250.000, la película va a ser un fracaso económico si no consigue una distribución importante en el extranjero, pues el mercado ecuatoriano no logra sustentar por sí solo al cine nacional. Con un boleto de cine que se promedia en menos de un dólar, la situación hoy en día es realmente dramática. A raíz de la terrible devaluación de nuestra ex-moneda el sucre, se ha dado una absurda guerra de precios entre los cines, que ha logrado mantener el boleto en Ecuador como el más bajo de Latinoamérica (excepto tal vez en Cuba), a pesar de tener uno de los porcentajes de asistencia más altos del continente. Al dividir los ingresos entre productor y exhibidor, lo que queda a duras penas cubre una cuarta parte del costo de la película”.
Más adelante asegura el cineasta que “en el caso de Ratas, ratones y rateros, el éxito obtenido en el Ecuador responde a que el público local se vio retratado en la pantalla. Una película puede tener muchos ganchos, y siempre es esencial que el guión y la dirección sean sólidos, al igual que las actuaciones y el lado técnico, pero uno de los mayores atractivos para el espectador es el poder identificarse con personajes y situaciones familiares. (…) No haría cine en mi país si pensara que no hay un futuro positivo para esta industria. Creo que es esencial para todos los países latinos tener material en las pantallas con el que nos identifiquemos y por eso siento una cierta obligación y orgullo por tratar de desarrollar nuestra industria cinematográfica. La competencia es igual de dura en todo el mundo y entrar al mercado norteamericano o europeo no es fácil, ni para los cineastas de esos países. Por naturaleza, el cine implicará siempre un riesgo muy grande, pero el reto está en encontrar la manera de minimizar las posibilidades de fracaso para seguir produciendo y eso se aplica tanto a Ecuador como a Latinoamérica y el resto del mundo”.
Ratas, ratones y rateros en 1999, marca el primer paso de una transformación que comenzaría verificarse en el siguiente lustro. Los ochenta y noventa fueron décadas de incubación, cuya eclosión la inicia la película de Sebastián Cordero. En adelante y comenzado el nuevo siglo encontramos títulos anuales de calidad variable: Sueños en la mitad del mundo (1999) de Carlos Naranjo, Alegría de una vez (2001) de Mateo Herrera, Fuera de juego (2002) de Víctor Arregui, la historia de Juan, un joven ecuatoriano de origen pobre que sueña con emigrar para escapar de la asfixiante situación de su país, y en busca del dinero necesario para hacer realidad su sueño, termina involucrándose en hechos delictivos; Un titán en el ring (2002) de Viviana Cordero, que cuenta la llegada a un pueblo de los Andes de un luchador llamado Argonauta quien trata de dominar el ring, donde se enfrenta con el favorito La bestia loca, y el enfrentamiento causa la división del pueblo; El lugar donde se juntan los polos (2002) dirigida y escrita por Juan Martín, realizada en video digital y que cuenta la historia de Joaquín y Amalia, dos niños ecuatorianos nacidos en París, y su padre les cuenta, a través de esta carta filmada, qué es lo que los liga con la historia reciente de América Latina: 1809-1810: Mientras llega el día (2005) de Camilo Luzuriaga, ambientada en el Quito de esos años, cuando las tropas reales llegan a la ciudad desde Lima con el propósito de sofocar la rebelión de los insurgentes contra la Corona española; en medio de estos acontecimientos surge el amor entre Judit, una joven quiteña, con Pedro Matías Ampudia, el bibliotecario de Quito; Febres en la memoria (2005) de Ivo Huahua, Velasco: retrato de un monarca andino (2006)
El documental El Comité (2006) de Mateo Herrera fue proyectado en la octava edición del BAFICI y en festivales europeos con buenos comentarios, y algo similar ocurrió ese mismo año con Qué tan lejos (2006) de Tania Hermida, filme que luego de dos meses de su estreno había superado los ciento veinte mil boletos en la taquilla nacional. Ambos filmes, sintomáticamente surgidos de la ficción y el documental, abren la brecha para otros títulos ecuatorianos que ya no serán vistos como algo excepcional y exótico, sino a manera de continuidad y sistema.