CRÍTICA



  • Miguel Coyula: caso abierto
    Por Dean Luis Reyes


    Tenido indistintamente por genio o por desgracia, el paso de Miguel Coyula por la cátedra de dirección de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños fue calificado por algunos evaluadores de sus resultados en esa institución docente como “una de las peores selecciones jamás hechas por la escuela”. En la lista de improperios se cuentan, asimismo, calificativos de inmaduro, incapaz de relatar a derechas una historia de seres cuerdos, dotado apenas para eructar unas tragedias oscuras y crípticas que acaban en hecatombes y en las que no se saca en claro más que la ascendencia tenebrista de sus propósitos.

    Para empezar a hacer justicia, confesaré que el tipo es raro. Siendo todavía un adolescente, y sin haber mostrado inclinaciones cinéfilas vehementes, una camarita de video que el padre se trajo a casa en uno de sus viajes le cambió la vida. Desde entonces no ha parado de experimentar: sus primeras obras son prodigios de adivinación rítmica y de creación de atmósferas, con elementales pero eficaces juegos de luces, ambientaciones basadas en figuritas tomadas de la repisa de la sala y un vientecillo de ventilador para sugerir un paraje gótico, o el despliegue de efectos visuales inquietantes con apenas una paginilla dibujada y algo de lumbre a contraluz proporcionada por una vela, ello para sugerir una luminosidad celestial al otro lado del umbral de una puerta abierta, hacia la cual parece arrastrarnos la subjetiva provocada por un zoom lento. Eso sí, planos largos, secuencias enteras sin acción dramática o lógica tangible, historias cuajadas de fragmentaciones y exabruptos, de saltos imprevisibles y tensiones ocultas, de actores inexpertos (los mansos y torturados vecinos, amigos del pre por demás, del director cachorro) y angustiados bajo una amenaza permanente, por algo que se cierne sobre el mundo de manera inexorable, y que ellos presienten sin poder hacer nada para evitarlo. Pura sicodelia, “este tipo está tostado”, se quejaban puertas adentro en la EICTV.

    Pero los enemigos del muchacho cineasta no han sido tan tenaces como él. Coyula siempre tuvo la inquietante virtud de retornar una vez tras otra a sus universos distópicos: mundos sin dios ni ley, donde los personajes suelen ser inadaptados funcionales, socialmente dislocados. Los ambientes de su cine frecuentan los cadáveres de todas las utopías, y es su obsesión el manoseo crítico de los vestigios de inocencia que todavía rondan por ahí. Él mismo ha confesado que probablemente la fuerza secreta que impulsa todos sus delirios sea la necesidad de recuperar la infancia perdida. Esa, la última utopía de cada hombre, es la verdadera sustancia de la melancolía infinita de sus personajes, que van de viaje hacia la muerte como quien tiene cita con lo inevitable. Esto puede confirmarse tanto en los adolescentes de Válvula de luz como en la joven que dejara en el pasado sus frus frus de fúlgida bailarina, en Bailar sobre agujas; en la muy semejante de Buena onda, que destruye un mundo absurdo que no la tolera ni admite; en el desconsolado vengador de El tenedor plástico; incluso en los niños bien reales de los edificios de Pueblo Textil, que utilizara Coyula en su documental Idea, quienes, armados con la cámara que el calculador realizador les prestara, se dejan llevar en pos de una fantasía urdida por su soledad, por sus energías agotadas en el paraje inhóspito que habitan.

    De ahí que Red Cockroaches (2004) sea un punto de giro serio: la historia ocurre en una Nueva York del futuro, más cercana a las ensoñaciones de Philip K. Dick que generaran las de Blade Runner, o del Mamoru Oshii que prefiguró un mundo inane y maquinista en Ghost in the shell, que de la metáfora lustrosa y sonriente del futurismo progre. Sus protagonistas, Adam y Lily, se rebelan contra un mundo hipócrita y perverso, que enajena al hombre con una neurosis de bienestar que no le deja ver cómo renuncia a la libertad cuando se entrega sin lucha a la tiranía de las convenciones y el bien-quedar.

    Ese retablo sirve a Coyula para ejercitar sus dotes de anarquista. Todo su cine está lleno de la violencia ciega de las almas rebeldes frente a la aniquiladora miopía de las fuerzas que rigen la vida humana. Aún siendo RC su más aristotélico relato hasta el día de hoy, no obsta para que su cine de fondo transgresor y cargado del dolor de las existencias absurdas, del rechazo al diferente y de la imposibilidad de ser feliz en un mundo donde el sinsentido cunde cada minuto vivido, encuentre asiento aquí también. Coyula es muy político, y va tomando fuerza su dominio del verdadero potencial de oposición, de desacuerdo, que habita en esas tramas distópicas, cuando no se tejen al servicio solamente de la parodia o el entretenimiento.

    En esta película, la inclinación manifiesta de todo su cine por la sugerencia ambiental y la experimentación tonal alcanzan su confirmación. Aquí, su habilidad para crear atmósferas introduce en la estructura fílmica una permanente irresolución, acentuada por el estado de inminencia que logra desplegar: el caso es que Adam y Lily, hermanos que se reencuentran tras muchos años sin verse, resucitan ciertos juegos sadomaso de su niñez. La opción del incesto es para ellos la reivindicación de una libertad perdida, la obediencia ciega a sus instintos dormidos, un mentís a la moral social, la elección de formas de conducta irregulares que precipitan un destino trágico (pues tras el incesto vienen toda clase de aberraciones: abusos lascivos, aficiones escatológicas, asesinato y matricidio). El anarquista Coyula merodea los tabúes históricos de la moral occidental y juguetea con las expectativas del espectador en tanto que voyeur cuando insiste en la textura de suspenso o, como en el caso de la escena de sexo explícito, jaranea con mostrar para al cabo plantear una coreografía coital engañosa, repleta de sugeridos, planos cortos, ritmo agitado, escorzos y angulaciones alteradas, abundantes fluidos derramados como aderezo escenográfico y un tono de violencia general que agrede antes que brinda placer.

    RC fue poco menos que la revelación dentro del escenario del denominado microcinema o no budget estadounidense de 2004. Casi cada reseña ha elogiado el lujo de su visualidad, conseguida con un presupuesto mínimo (unos dos mil dólares), cámara digital y edición en PC, no obstante lo cual trátase de un producto nada menor si se compara con los estándares medios del cine estadounidense contemporáneo. Bien mirado, RC ha sido la mejor carta de presentación de Coyula en un escenario difícil, siempre a la caza de novedades, urgido de inventar continuas revelaciones, de blandir profetas con propuestas atractivas, vitalizantes y acaso con el hoy cada vez menos común vigor de la visión personal.

    Miguel Coyula: Open case
    By Dean Luis Reyes

    He has been indistinctly considered a genius or a disgrace. Miguel Coyula´s stay at the direction cathedra of the International Film and Television School of San Antonio de los Baños (EICTV) was qualified  by some evaluators of his results in that teaching institution as “one of the worst selections ever made by a school”, the list of insults contains adjectives such as immature, incapable of narrating properly a story of sane characters, hardly gifted to produce obscure and cryptic tragedies which end up in hecatomb out of which only the tenebrous ancestry of his intentions can be understood.

    To do justice, I will confess that the guy is weird. Still being an adolescent and without showing vehement tendencies for the movies, a small video camera that his father brought home from one of his trips, changed his life. From that moment on, he has not ceased to experiment: his first works are prodigies of rhythmic guessing and creation of atmospheres, with elemental but efficient handling of the lights, settings based on little figures taken from the shelf of his living room and electric fan wind to suggest a gothic place.  There is also the exhibition of unsettling visual effects with hardly a drawing on a page illuminated from behind by a candle, so as to suggest celestial luminosity on the other side of the threshold of an open door, towards which the subjectivity provoked by a slow zoom seems to drag us along. Indeed, there are long shots, complete frames without dramatic action or tangible logic, stories full of fragmentation or outbursts, unpredictable transitions and hidden tensions, inexpert actors (the quiet and tortured neighbors, high school friends for the most, the rookie director) anguished by a permanent menace, by something that lies in wait for the world in an inexorable form, something they can sense in advance but cannot avoid at all, pure psychedelic. “The guy is nuts” people would comment in camera at the EICTV.

    But the enemies of the young filmmaker have not been as tenacious as he is.  Coyula has always had the unnerving virtue of turning back to his dystopic universes once and again: universes with no god or law, where the characters usually suffer from dysfunctional adaptation and are socially displaced. The ambits of his films hang around the cadavers of all the utopias and he is obsessed with the critical handling of the traces of innocence that still hover around there. He has personally confessed that probably the secret strength that drives all his delirium is the need for recovering the lost childhood. That, which is every man’s ultimate utopia, is the real substance of the infinite melancholy of his characters, which travel towards death as if they had a date with the inevitable.

    This can be confirmed in the adolescents of Válvula de luz,  in the young woman who leaves in the past her fancy dress of glaring ballerina in Bailar sobre agujas; in the very similar character in Buena onda, who destroys and absurd world which neither admits nor tolerates her, in the heartbroken avenger of El tenedor plástico; even in the very real children of the buildings in  Pueblo Textil, used by Coyula in his documentary Idea, who, armed with the camera given to them by the calculating filmmaker, get carried away by a fantasy devised by their loneliness, their exhausted energies in the inhospitable place where they dwell in.

    That is why; Red Cockroaches (2004) is a serious turning point: the story takes place in the New York of the future, closer to Pihilip K. Dick´s imaginings generated in Blade Runner, or Mamoru Oshii who prefigured an inane and mechanical world in Ghost in the shell, or the glossy and smiling metaphor of the futuristic progress. The leading characters, Adam and Lily, rebel against a hypocrite and perverse world, which alienates man with a neurosis of wellbeing which does not allow them to see how they give up freedom when they give in without a fight to the tyranny of conventions and well fitting.

    This altarpiece serves Coyula to exercise his talents as an anarchist. All his films are full of blind violence of the rebel souls in the face of the destructive myopia of the forces governing human existence. Even when RC is his most Aristotelian story so far, it does not deter the essence of his films, characterized by a transgressor background, full of pain due to absurd existence, the rejection of those who are different, and the impossibility of being happy in a world where nonsense proliferates in every lived minute. Coyula is a very political person, and he gains power in the mastery of a real opposition potential, the disagreement that inhabits his dystopic plots when they are not only weaved for the sake of parody or entertainment.

    In this film, his manifested tendency for suggestive ambits and tone experimentation reach a confirmation. Here, his ability to create atmospheres introduces in the film structure a permanent irresolution, highlighted by a state of imminence that he manages to show: the thing is that Adam and Lily, siblings who meet again after many years of separation, resuscitate certain sadomasochist games from childhood. The option of incest is for them a way to vindicate their lost freedom, the blind obedience to their dormant instincts, a denial of social moral, the election of irregular behaviors which will precipitate a tragic destiny (after incest there comes all kinds of aberrations: lascivious abuse, scatological hobbies, murder and matricide). Anarchist Coyula skulks around the historical taboos of western moral and plays with the expectations of the spectators, as a voyeur, when he insists in the texture of suspense, or in the case of the explicit sex frame, he jokes with the pretension of showing but ends up with a tricky coital choreography, full of suggestions, short frames, agitated pace, foreshortening and altered angulations, abundance of spilled fluids as a scenographical dressing  and a general violent tone which is felt more aggressive than pleasant.  

    RC was little less than a revelation in the scenario of the so called microcinema or no budget in the United States in 2004. Almost all the reviews have praised the luxury of visualization, achieved with a minimum budget (about two thousand dollars) digital camera and edited in a PC; it is not at all a minor product if compared with the average standards of contemporary American cinema. Well looked on, RC has been Coyula´s best letter of introduction in a difficult scenario, always in search of novelties, urged by the need of inventing continuous revelations, the need of brandishing prophets with attractive and invigorating proposals, and maybe with the less and less vigor of a personal vision.


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