CRÍTICA



  • "Blondi", natural, sin prejuicios, honesta, graciosa y sensible
    Por Diego Lerer


    La ópera prima de la actriz se centra en la curiosa relación entre una madre y su hijo en la que los roles parecen intercambiados. Protagonizada por Fonzi, Toto Rovito, Carla Peterson, Rita Cortese y Leonardo Sbaraglia.

    Es difícil explicar la sensibilidad. ¿Qué palabras se utilizan? ¿De qué manera se presenta? ¿Cómo se analiza? Lo que uno puede notar es su presencia, advertir cuando aparece. Puede ser una pianista interpretando una pieza clásica y poniéndole su propia, bueno, sensibilidad. O una actriz, traduciendo un personaje a sus modos y formas de hacer o entender las cosas. En el caso de un director de cine suele ser más complicado. ¿Está en la puesta en escena? ¿En el tono de las actuaciones? ¿En el ritmo del montaje? BLONDI tiene una diferencia respecto a la mayoría de las películas. Al estar dirigida por una actriz, uno puede tratar de pensar una conexión entre el modo de actuar de esa persona y la manera en la que su película funciona. Esa conexión a veces existe y otras veces, no. Digamos lo siguiente, a modo de ejemplo: Clint Eastwood dirige como actúa. Sin vueltas: directo, económico, frugal. Ben Affleck, no. Cuando actúa se le nota el esfuerzo y cuando dirige parece totalmente natural. Y así hasta podríamos iniciar un juego de mesa con actores/directores.

    El caso de Dolores Fonzi es comparable al de Eastwood. BLONDI es una película que funciona del mismo modo y en el mismo tono en el que su directora actúa. Es una película natural, sin prejuicios, honesta, graciosa y sensible sin volverse melosa. Fluye como fluye usualmente Fonzi cuando interpreta a sus personajes. No se nota el esfuerzo, el trabajo por detrás y es por eso que BLONDI no parece una ópera prima sino la película de alguien que tiene muy en claro qué es lo que está haciendo, como si una cosa fuera una extensión de la otra.

    Nada está de más en el film: no hay pomposidad, ni solemnidad y casi no se nota el gag, el trabajo puesto en que las escenas sean graciosas. Lo son naturalmente, porque todo está armado de un modo tal y con la suficiente consistencia como para que el humor surja casi como una conclusión inevitable, del mismo modo en el que un gol se produce gracias al volumen de juego de un equipo que, como diría un comentarista de fútbol, entiende el asunto de una misma manera. Y un director técnico que sabe conducir «a un maravilloso grupo humano».

    BLONDI es la historia de una madre y su hijo que funcionan un poco a la inversa, una comedia ligera que se vuelve drama tan solo un poco. Como parece imperioso buscar conexiones cinéfilas, uno podría decir que la película de Fonzi tiene algo del cine de Greta Gerwig (LADY BIRD es una referencia evidente, el cine de Sean Baker quizás también) y de varias películas del indie americano de las últimas dos décadas, esas comedias humanas simpáticas, tiernas, ligeramente emotivas y muy bien musicalizadas (acá alguien pagó por la mitad de las canciones del álbum Velvet Underground & Nico y hay que agradecerle) en las que uno podría quedarse a vivir una vez que terminan. Hay un espíritu que la atraviesa –jovial, ágil, liviano, amable– que funciona casi como antídoto contra las tensiones del afuera.

    Blondi (Fonzi) fue mamá muy joven (tenía ¡15 años!) y hoy convive con su hijo que ronda los 20, Mirko (Toto Rovito, una revelación), casi como si fueran hermanos. La primera y elaborada escena filmada en plano secuencia lo deja claro: Blondi duerme en una misma cama que Mirko, se levanta temprano para ir a trabajar y sale a la calle esquivando cuerpos de amigxs –de ella, de su hijo, ¿quién sabe?– que están tirados por la casa. La mujer trabaja en el Conurbano con un grupo de veinteañeros haciendo encuestas sociales en barrios populares. No importa mucho, ni a ella. Lo hace para llegar a fin de mes, pagar las cuentas y prefiere no hablar del tema. Lo hace bien, pese a eso. Responsablemente, por más fumada que esté ella y sus colaboradores a lo largo del día laboral. Sí, Blondi fuma porro todo el día. Su hijo también. Y juntos, muchas veces.

    Mirko es dibujante y entre ellos se entienden a la perfección, no parece haber problemas dentro de la curiosa mecánica instalada. El único secreto es que el chico está aplicando a una beca universitaria en Barcelona y no se anima a decírselo a Blondi porque teme que ella se ponga mal. Los problemas vienen por otros lados. Algunas personas que los miran un poco raro –por su forma de vida, su aspecto, su relación–, pero nada que implique un verdadero riesgo. Con su mamá (una muy graciosa Rita Cortese) tienen algunas tensiones, pero nada realmente serio. No habría relación de madre e hija de esa edad sin tensiones como esas.

    Lo más parecido a un problema pasa por Martina, la hermana «dos años y cuatro meses» mayor de Blondi (Carla Peterson). La mujer está casada con un tipo un tanto gris (Leonardo Sbaraglia) y está claramente cansada del hombre. No solo de eso, sino de su rol como madre de familia de dos hijos con todas las obligaciones y responsabilidades del caso. Si Blondi es una madre natural que, en el peor de los casos, no sigue los lineamientos típicos del rol, su hermana es todo lo contrario: hace, cumple, trabaja de esposa y de madre pero está harta. Hasta que un día, desaparece del mapa. Y no solo habrá que buscarla sino también hacerse cargo de lo que dejó suelto por ahí, especialmente sus hijos pequeños.

    BLONDI es una película encantadora, de esas que entienden que los conflictos pueden ser difíciles pero que se solucionan a partir del afecto, el cariño y el amor entre las personas, ese que supera todas las diferencias y problemas. Una escena lo deja en evidencia. Blondi, su hermana Martina y Mirko viajan por una ruta desierta y entre las hermanas se ponen a discutir. Martina se enoja y amenaza bajarse. Blondi frena, le abre la puerta. Martina se baja, el auto se va y ella se queda varada en el medio de la nada. Putea, fastidiosa. Mea, en medio del campo. Mira a un lado, mira a otro y se empieza a angustiar. Quince segundos después Blondi viene a buscarla y le hace un par de bromas con el auto. Listo, asunto concluido.

    En su tercer acto la película se ganará el derecho a ponerse emotiva cuando ciertas circunstancias lleven a ese territorio. Y lo hará de modo natural, genuino, para nada impostado, como un resultado inevitable de lo que fuimos viendo hasta ese momento. Allí Blondi sentirá el peso de ser madre, Mirko el de ser hijo y los demás les darán el lugar que necesitan para expresar, a su manera, lo que les pasa. Sin discursos, sin estridencias, sin grandilocuencias. Como esa canción de Velvet con la voz de Nico que dice que «cuando llegue la medianoche/Ella volverá a ser una vez más el payaso del domingo/Y llorará detrás de la puerta«.

    (Fuente: Micropsiacine.com)


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