ENSAYO

  • Historia de la casa. Nacer, morir y renacer de una casa
    Por Oscar Ruiz de la Tejera


    Y es que el hombre, aunque no lo sepa,
    unido está a su casa poco menos
    que el molusco a su concha
    No se quiebra esta unión sin que algo muera
    En la casa, en el hombre... O en los dos.

    Fragmento de Últimos días de una casa de Dulce María Loynaz

    Desde su creación, el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, además de desarrollar y promover la cultura cinematográfica, ha realizado, coherente con su vocación artística, significativos aportes a la música, la gráfica, la literatura y otras tantas manifestaciones.

    En la larga lista de obras arquitectónicas creadas por y para el ICAIC, existe un proyecto que merece no olvidar: la restauración y remodelación de la Quinta Santa Bárbara. Su diseño posee para nosotros una significación muy especial, quizás no sólo por los logros del trabajo arquitectónico o por la importancia de la función que la Institución que allí labora realiza para el desarrollo del Nuevo Cine Latinoamericano, sino sencillamente por esa hermosa poesía que el nacimiento, muerte y milagrosa resurrección de la Quinta, simboliza. Casa de propiciar los sueños y de alentar la imaginación, evoca a la vez el pasado, la nostalgia...

    Dos veces muerta y siempre resucitada, nació para asombramos con su belleza, su elegancia y, confesémoslo, también con sus misterios. Sede de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, desde el 4 de diciembre de 1986 es además el lugar más a propósito para las reuniones que celebra en Cuba el Comité de Cineastas de la América Latina. Lugar propicio surgido quizás en el momento más adecuado, sirvió de nuevo impulso al movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano, brindándole aliento a viejos sueños y anhelos. Personalidades gestoras del movimiento como Fernando Birri, Alfredo Guevara, Paul Leduc, Cosme Alves Netto, Julio García Espinosa, Edgardo Pallero, Miguel Littín, Gerardo Sarno, Jorge Sánchez, José Sanjinés, Nelson Pereira Dos Santos, entre otros, en su paso por salones y jardines, han prestigiado la Quinta y le han impregnado de ese valor tan especial que hoy posee.

    NACIMIENTO
    Más que piedra y vallado,
    La Casa, soy la Casa.
    más que sombra y que tierra,
    más que techo y que muro,
    porque soy todo eso, y soy con alma.

    Fragmento de Últimos días de una casa de Dulce María Loynaz

    Inaugurada oficialmente en 1939, con la bendición del Padre José Luis de Santa Teresa, de la Orden de los Carmelitas del Vedado, la Quinta es el regalo de bodas de su arquitecto, Felipe Gardyn, a su prometida Flor Loynaz Muñoz. Matrimonio breve, brevísimo, quizás por el choque inevitable con la audaz y controvertida personalidad de Flor.

    La Quinta, amplio terreno sembrado de árboles y plantas a la manera de un exuberante jardín tropical, responde en realidad a un riguroso estudio del diseño del paisaje. En el jardín, dos pabellones: uno la vivienda principal y el otro más pequeño para la cochera y las habitaciones del personal de servicio.

    La vivienda, un cuerpo central con amplio portal de arcadas de medio punto en la fachada principal y desarrollada según un eje que parece simétrico, pero que en realidad no lo es. Dos alas laterales, la de la derecha mayor que la izquierda, todo coronado con techumbres de tejas criollas. La planta baja, con los espacios sociales en el cuerpo central y las alcobas, el comedor y los locales de servicio en las alas laterales. El patio central rectangular, con galerías de medio punto cerrando dos de sus lados.

    La planta alta en el cuerpo central, con el gran salón de fiestas cuyas puertas se abren a la terraza sobre el portal de la fachada principal. En las zonas laterales la biblioteca, la capilla y el salón –llamado de la Primavera– que sería convertido después en la alcoba principal. En el tercer nivel una sola y aislada habitación a manera de ático para el estudio y con vista a todo el extenso jardín. Por último, un amplio sótano para el almacén de los víveres y los vinos.

    Flor, uno de los cuatro híjos-poetas del Mayor General del Ejército Libertador Enrique Loynaz del Castillo, fue educada junto con sus hermanos en voluntario retiro en la mansión del Vedado que poseía la familia en La Habana. Los hermanos jamás asistieron a la escuela ni se sometieron a programa académico alguno, pero llegaron a poseer una vasta cultura; pudiera decirse que aprendieron lo que quisieron y cuando lo quisieron. Dibujaron, hicieron e interpretaron la música y, finalmente, crearon versos.

    Poetisa desconocida (al igual que sus dos hermanos varones, jamás accedió a la publicación de sus poemas) trataba en sus versos de los temas más humildes, los de las simples criaturas (un perro, una polilla, un papalote), los de las emociones de un instante.

    Amiga de Lorca y depositaria del manuscrito de Yerma; camarada de ocasión de los marineros cuando acudía, vestida de hombre, a los bares del puerto; sublime y valiente; creyente de lo creíble y de lo no creíble, fue no sólo motivo de inspiración, sino artífice directa del diseño de la Quinta, evidenciándose en él su personalidad, su forma de sentir y actuar.

    Así lo atestiguan los hermosos y delicados motivos florales de los mosaicos pintados a mano que cubren el piso de la alcoba principal; el llamado Salón de la Primavera; los santos de madera de la capilla que simulan vivir; las esculturas de piedra inacabadas que sorprenden en la espesura del jardín; la elegante espiral en que se desarrolla la escalera de caoba encerrada en la torre de planta oval; la belleza de los artesonados de los techos y de los mármoles italianos de los pisos; la gran diversidad de formas y tamaños de los vanos de las ventanas y las puertas; el colorido y la gracia de los vitrales; el afán por aparentar la simetría de formas y volúmenes, cuando en realidad son asimétricos; y en fin, esa búsqueda de la perfección clásica que termina mezclando y mezclándose con todos los estilos en ese sabio eclecticismo, tan milagrosamente armónico y tan audazmente elegante, de muchas de las mansiones habaneras de principios de siglo.

    PRIMERA MUERTE
    La primera muerte es ficción

    Ahora inmóvil, callada, entristecida
    sin comprender la causa de su mal
    verá morir sus flores lentamente
    encerrada en su cárcel de cristal.
    (1983, Flor Loynaz)


    Como locación en 1978 del filme Los sobrevivientes, del director Tomás Gutiérrez Alea, la casa va destruyéndose a medida que la familia de la alta burguesía que la habita decide aislarse de la sociedad refugiándose en ella,  e involuciona humana, ética y socialmente.

    Encerrándose voluntariamente para protegerse de los profundos cambios sociales que auguraba la Revolución Cubana y no sufrir de la contaminación ideológica, la familia va en realidad deshaciéndose, perdiendo todos sus valores burgueses y muriendo lentamente; la Quinta le sigue en esa aventura terrible. Al final, cuando los dos únicos sobrevivientes, practicantes ya del canibalismo, parecen decidir su suerte junto a la mesa de comer, la casa, en plena decadencia, ha llegado también a su fin.

    Contaba Dulce María Loynaz cómo su hermana Flor le describía la destrucción de la Quinta según avanzaba la filmación, pero sabemos que esto era sólo ¿muerte de ficción?

    SEGUNDA MUERTE
    La segunda muerte es real

    La Vida es quien me mata;
    parece que conmigo
    el Amor y la Muerte
    se han dado por vencidos.

    (1946, Flor Loynaz)


    En 1985, a la muerte de Flor, la casa, ya en plena decadencia, se sume en la soledad y el abandono.

    Es la vida quien intenta su muerte. Ratas, comejenes y todo tipo de insectos salen de las páginas donde Flor los hizo poesía, para devorar maderas preciosas y ricas telas. Los jardines devorados por plagas y devastados por las malezas son atacados también por el hombre. Los sirvientes parcelan las tierras para cultivar hortalizas y criar puercos, quizás no sólo por afán de lucro, sino para tomar venganza de sus días de encierro en los sótanos de la mansión, donde su dueña los sometió a régimen de pan y agua hasta que confesasen el robo de sus joyas, como lo atestiguan los letreros que aparecieron pintados en las paredes. Lámparas, tapices, cortinajes, esculturas, muebles, adornos y porcelanas también abandonan la Quinta. La terrible humedad del Trópico hace estragos abriendo grietas y rajaduras y hundiendo los pisos de mármol.

    El fin resulta inevitable. El ataúd, lecho preferido de Flor, abandona definitivamente el Salón de la Primavera.

    RENACIMIENTO
    En cada grano de arena hay
    un derrumbamiento de montaña,

    (Poema XXIX, Dulce María Loynaz)


    La Casa es reencontrada casualmente por el novelista colombiano Gabriel García Márquez en 1986, cuando ya elegido Presidente de la FNCL buscaba una edificación que le sirviera como sede. Comprada por el estado cubano a su dueña, Dulce María Loynaz (la había recibido como herencia a la muerte de su hermana Flor), es donada a la Institución. La Quinta no sólo será resucitada, sino que contribuirá a la resurrección de la propia Dulce María, quien casi oculta en su mansión del Vedado desde principios de la Revolución, había sido olvidada por todos. Extraña coincidencia con el filme que realizó Titón, no obstante con final bien diferente. Dulce María fue rescatada para la cultura nacional e internacional: Premio Nacional de Literatura en 1987 y Premio Cervantes en 1992.

    El ICAIC es responsabilizado con el proyecto de restauración y remodelación. Labor difícil; en breve tiempo la Quinta debe resurgir manteniendo su estilo y su peculiar belleza, pero satisfaciendo ahora a nuevas y bien diferentes necesidades. Fueron las fotos tomadas en sus primeros años de vida, proporcionadas por Dulce María, y sus propios recuerdos, los que junto a los planos originales (hallados milagrosamente en sus sótanos) permitieron la restauración de la mansión.
    Se demolieron tabiques para ampliar las alcobas en la planta baja. Se construyeron locales nuevos y se intentó la transformación del espacio destinado a Capilla en sala para proyección de filmes.

    A pesar de los cambios realizados, todo resultó como si siempre hubiera sido; sólo la Capilla siguió significando Capilla: su imagen quizás resultó demasiado característica como para aceptar una transformación. Años más tarde, al construirse una sala de cine en los jardines, el espacio de la Capilla volvió a ser justamente rehabilitado como sala de lectura para el estudio y la meditación.

    El sector del jardín, que no desapareció, sirvió de modelo para crear ese exótico mundo vegetal que había sido en sus mejores días. Enclavado en lo más profundo de él, el pabellón que había servido de cochera y de habitaciones para el personal de servicio fue también remodelado: su piso bajo es ahora una cafetería, y el alto, donde –milagrosamente alzado– había estado oculto el automóvil de Flor (aún con los impactos de bala del atentado perpetrado al sangriento dictador Machado), se transformó en un salón privado para reuniones informales de trabajo de la Institución.

    Enormes pérgolas cuajadas de enredaderas rodearon el pabellón y cubrieron las terrazas que servirían para los encuentros y actividades sociales y culturales. Renacida un 4 de diciembre, día de venerar a Santa Bárbara-Shangó, Santo Católico y Orisha del panteón Yorubá, la Quinta inició su nuevo destino, no olvidando su pasado, sino enriqueciéndolo, trascendiéndolo.

    Contaron los vigilantes que integraron el cuerpo de protección de la Quinta que, a los pocos días de su reapertura, solían ver vagando por el antiguo sector del jardín una figura de mujer vestida con una suerte de túnica o hábito carmelita, casualmente uno de los trajes preferidos de Flor Loynaz.

    A finales de la década del 80 se decide construir una sala de cine unida al pabellón del jardín, equipada para proyectar cine y video, celebrar simposiums, conferencias y representar teatros y conciertos de música de cámara. Tendría además tienda para la venta de objetos culturales y áreas para exposiciones.

    De nuevo se le encarga al ICAIC el diseño y surge así, entre la tupida vegetación, otro pabellón concebido como una suerte de invernadero que sin repetir estilos se integra armoniosamente a la casa vivienda captando su espíritu y esencia. Terminada en 1992, año tras año la sala, como prolongación funcional de la casa, aumentará su significación cultural, convirtiéndose en una importante plaza para la divulgación de lo mejor del cine latinoamericano y de otras regiones. Ha sido sede de importantes encuentros y conferencias de la cinematografía latinoamericana, como fueron la Segunda Conferencia Coproducción y Financiamiento Internacional, de Productores Cinematográficos de la región, y el 1er. Encuentro Iberoamericano de La La instalación se ha convertido además en importante centro para la cultura de la comunidad donde se encuentra enclavada (Polo Científico del Oeste de la Capital), habitada por cientos de científicos que trabajan en laboratorios y centros de investigación. De hecho, en ella se han celebrado varias conferencias y seminarios nacionales e internacionales de carácter científico, organizados por esas instituciones.

    Importante espacio para el trabajo con los niños, es sede habitual de talleres infantiles, donde estos aprenden, jugando, a conocer y hacer el cine.

    La Quinta Santa Bárbara ha sabido de muertes y soledades, pero también de alegrías y jolgorios. Su destino está ligado ahora al del Cine Latinoamericano y junto con él lucha por renacer cada día. Confiemos en la fortaleza de sus cimientos, en esa misteriosa y perdurable belleza que sus formas nos transmiten, en esa demostrada capacidad de lucha contra la fatalidad que su historia nos devela, y en fin, en toda esa poesía que de ella emana. Sin dudas, merece la Vida...


Copyright © 2024 Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano. Todos los derechos reservados.
©Bootstrap, Copyright 2013 Twitter, Inc under the Apache 2.0 license.