CRÍTICA



  • Ausencia, quedarse entre ninguna parte y el olvido
    Por Gonzalo Suárez


    Una ausencia puede actuar en un entorno de presencias como una mancha en mitad del sol que termina haciéndose tan grande que le arrebata la propia luz. Un padre ausente que funciona a la manera de una carcoma que primero debilita una estructura y posteriormente acaba con la entereza y con la integridad personales es la Ausência a la que hace referencia el título de la nueva película del brasileño Chico Teixeira, una coproducción entre Brasil, Chile y Francia en la que la parte europea, como no podía ser de otra manera, la desempeña Ciné Sud Promotion tras el paso de la producción por Cine en Construcción en Toulouse en 2014.

    La cinta, estrenada en la sección Panorama de la Berlinale, ganadora en su regreso a Toulouse del máximo galardón de Cinélatino y proyectada ahora en el Festival de Taormina, se apropia de la consigna “menos es más” para presentar ese entorno de Serginho (Matheus Fagundes), nuestro protagonista adolescente, marcado a fuego por el vacío. Lo que queda del núcleo familiar lo componen una madre alcohólica que hace por encargo tartas de cumpleaños que luego no le pagan, un hermano pequeño y el propio Serginho, obligado a echarse a su familia a la espalda. Así, va a trabajar, a su pesar por los maltratos que recibe, a un mercadillo con su tío. En sus ratos libres, visita a un profesor, va al circo y está con un amigo sordo, con la chica que le gusta o con ambos.

    La cámara sigue a Serginho, quien se desenvuelve a lo largo de la historia como una pelota que, totalmente desorientada en su búsqueda de cariño y apoyo, choca sucesivamente contra cada uno de los componentes de este entorno. Teixeira deja claro que Serginho no está a la altura de las responsabilidades que injustamente se le exigen y a golpe de guion demuestra a su personaje, y al espectador con él, que el amor paterno-filial es tan insustituible como necesario. El gran mérito del director, sin embargo, radica en la manera en que impide que el drama se apodere del todo de la acción. A un guion dosificado y a un ritmo totalmente controlado se suma una fotografía que abarca una amplia gama de colores y juega permanentemente con las distancias: cuando Serginho está con su madre, la cámara se pega a los cuerpos y asfixia, mientras que en momentos más esperanzadores el encuadre ofrece más amplitud para respirar.

    Teixeira consigue así una obra que, a pesar de su carga dramática, no se hace pesada y avanza sin prisa pero sin pausa hasta trazar un retrato completo no sólo de lo que constituye una ausencia sino también de las salpicaduras que, como si de una reacción en cadena se tratara, ésta provoca entre quienes se quedan.


    (Fuente: Cineuropa.org)


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