CRÍTICA



  • No llores, vuela, con tantas posibles interpretaciones como ojos que la ven
    Por Stefan Dobroiu


    Tras el calor abrasador de la Lima de La teta asustada, ganadora del Oso de Oro, la directora peruana Claudia Llosa ha viajado hasta el frío invierno de Estados Unidos y las zonas nevadas por encima del círculo polar Ártico en No llores, vuela. Protagonizada por Jennifer Connelly, Cillian Murphy y Melanie Laurent, es al mismo tiempo un drama familiar y una exploración de curaciones poco convencionales.

    Jennifer Connelly interpreta a Nana, una madre soltera que vive en una zona rural e intenta todo lo que puede para curar a su hijo Gully (Winta McGrath), que padece una enfermedad muy grave. Llosa no da demasiados detalles, pero el público descubrirá enseguida que un sanador ha viajado hasta la región y se ha celebrado una lotería para elegir quien podría participar en lo que el guion llama “acto”: un misterioso, enorme, frágil, hermoso y aparentemente curativo aparato hecho de ramas. Pero, ¿y si el sanador dice a Nana que simplemente su presencia hizo que un niño ciego recuperase la vista?

    Llosa mezcla dos niveles de narración, pero el estilo y la dirección artística son tan parecidos que el público puede sorprenderse al descubrir que hay tres décadas de diferencia entre la primera parte de la historia de Nana y la llegada de una periodista francesa llamada Jannia (Melanie Laurent) para pedir al otro hijo de Nana, Ivan (Cillian Murphy), que busque a su madre. Por desgracia, el drama familiar ideado por Llosa es mucho menos interesante que la historia de Nana y sus fascinantes circunstancias. ¿Qué ocurre si un sanador no puede curar a sus seres más queridos? ¿Qué pasa si tiene que cortar todos los contactos con su propia familia para alcanzar un bien mayor?

    A pesar de ser algo confusa y decepcionante, No llores, vuela contiene algunos de los momentos cinematográficos más hermosos de la presente edición de la Berlinale. Muchos espectadores caerán fascinados por la sencilla pero efectiva escena que da título a la película cuando Nana se monta en un aparato con forma de columpio con una niña enferma en sus brazos, balanceándose en mitad de la nieve. Es un momento mágico que sugiere el sutil e invisible intercambio de energía entre la sanadora y su paciente y resulta casi irrelevante que el espectador no conoce el resultado del segundo “acto” de Nana. Llosa logra parar el tiempo con una impresionante mezcla de interpretaciones, cinematografía y música, que ha recordado a un servidor la famosa frase de Antoine de Saint-Exupéry: “La perfección se alcanza no cuando no hay nada más que añadir, sino cuando ya no queda nada más que quitar”.

    Llosa no debería esperar que No llores, vuela despierte la misma atención que con La teta asustada (ganadora del Oso de Oro y el Globo de Oro a la mejor película en lengua no inglesa y candidata al Oscar), a pesar de que podría colarse en el palmarés de la Berlinale gracias a la dirección de fotografía de Nicolas Bolduc, que se vale de la nieve, el viento y los paisajes desolados para evocar el desierto interior de una artista-sanadora que necesita aislarse de todo y exige que sus seguidores completen un viaje de expiación para participar en su “acto”. No llores, vuela no es una película para todo el mundo, repleta de símbolos y con tantas posibles interpretaciones como ojos que la ven.


    (Fuente: cineuropa.org)


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