CRÍTICA



  • Del amor y otros demonios, una película cuidada, honesta, sin pretensiones
    Por Julia Ardón


    Tuve la dicha de poder ver la nueva película de Hilda Hidalgo, Del amor y otros demonios, basada en la novela del mismo nombre del colombiano Gabriel García Márquez.

    De las cualidades técnicas se va a hablar mucho. Me sorprendieron la hermosísima fotografía y la calidad delicadísima de los efectos especiales. Me gustaron las actuaciones, pero lo que más me gustó fue sentir estar en presencia de un cine de autora, una cosa muy personal e íntima. Ser testigo de una mirada personal sobre una obra de la  que por haber leído hace mucho, no guardaba mucho detalle.

    Vi una película  cuidada, honesta, sin pretensiones, casi humilde al no pretender reproducir la barroca grandilocuencia del realismo mágico de la novela original. Es casi como el sueño que se sueña luego de leer. La visión propia. Lo que queda. El aroma. La reinterpretación de una autora sobre la obra de otro autor, como siento debe ser el cine sobre literatura.

    Viví la experiencia casi como si me sentara a ver un album de fotos cerrando de vez en cuando los ojos para recordar y oler el perfume.  Me identifiqué enormemente con el personaje  del cura Cayetano interpretado por el actor español Pablo Derqui. Esa ansiedad , ese amor que no enferma sino produce vitalidad, da fuerza, te mueve a hacer lo imposible. Del personaje de la niña:  Sierva María puedo decir que su sobriedad casi frialdad, me pareció hermosa.  Creo que en su actuación se logra representar la torpe candidez de quien no entiende mucho lo que está pasando. El corazón que latía era el de él, el de ella no tenía por qué entender la procesión que quemaba bajo la piel al muchacho. Ahí, y si se me permite la falta de respeto, si yo hubiera sido Fidel Gamboa, habría puesto algo de tambores africanos a resonar con el corazón de Cayetano y sus calenturas “satánicas”. Pero bueno…la obra es como la hacen quienes la hacen y para mi gusto está exquisita.

    No siento le hizo falta nada para justificar nada. Mucho crimen histórico de la Iglesia Católica se dio sin más justificación que el miedo y la culpa de los sacerdotes, las autoridades de la iglesia y las monjas. La maldad no estaba en ningún lugar más que en los ojos perversos que miraban lo que deseaban mirar. En la fisgona tras los barrotes y el cálculo  perverso  debajo de la sotana del Obispo.

    Quisiera destacar la belleza de algunas de las imágenes, los rostros de cerquita, cerquita, casi que se huelen, los insectos jugando entre los dedos, ese pelo rojo hermosísimo  poblado de mariposas y bichitos, la llama en el agua, las miradas… las manos, los sudores… el delicado bordado de las telas de algodón.

    Decía Hilda al final de la presentación a la que tuve la dicha de asistir hoy en el Cine Magaly en San José; que lo que le movió más de la historia fue contar un cuento de amor, del amor que todo lo vence, todos los obstáculos, incluso la muerte. Y como  yo sé de esos amores, y sé que es posible vencer a todos los demonios y sé que cuando hay de verdad amor los demonios no existen más lloré mucho al final. Todavía recordando algunas escenas se me vuelven a aguar los ojos.

    Intentando ponerme más “objetiva” podría hablar de la cochinada de manipulación de la Iglesia Católica, de las terribles injusticias, de las atrocidades de la inquisición… pero no quiero ensuciar el gozo estético que viví  con subrayar lo vencido. Prefiero seguir recordando la manifestación suprema y poderosa del amor. La Belleza. Pese a ello, eso sí, es justo que recuerde también  cómo hace tantos años escuché los comentarios mezquinos de algunas personas contra el sueño de Hilda, las voces serruchapisos y descreídas que la consideraban “rajona” o “fantasiosa” cuando contó que el escritor colombiano le había cedido los derechos de esta obra. No quiero reproducir  el tufo de esas malas vibras, la  envidia, solo lo necesario para decir que ante todo eso y más Hilda salió invicta.

    Se me antojó una imagen de Hilda caminando solita por un túnel, victoriosa… desde  la luz. No yendo hacia la muerte, sino regresando de ella. Venciendo los demonios que anclan, los miedos, el qué dirán, incluso los cálculos comerciales, pero además, el autolimitante espíritu provinciano del aldeano vanidoso.

    ¿Por qué recuerdo esto? Porque creo que es aleccionador y porque creo que en Costa Rica a veces somos muy duros y mezquinos con las personas que se atreven a compartir su obra artística.

    Mis respetos para Laura también y para todas las personas que creyeron en el proyecto y lo apoyaron con generosidad y entusiasmo. Sé que fueron años de mucha mucha lucha , mucho sudor , mucha congoja y mucha perseverancia. El Amor venció a todos los demonios… y hablo de la historia que se cuenta pero también de la que hizo posible contarla.

    Regresando a casa no pude dejar de pensar en El camino, de Ishtar Yasin, otra tica valiente y de mirada ancha.

    Siento que ambas películas tienen algo en común: una mirada íntima, delicada, pausada, respetuosa y poética sobre un hecho doloroso. Una mirada amorosa. La mirada amorosa de los ojos de dos mujeres ticas que admiro y por quienes siento mucho respeto. Gracias muchachas. Gracias Hilda, Gracias Laura, Gracias Ishtar. Uds. están abriendo caminos y venciendo demonios a punta de amor.


    (Fuente: Juliaardon.com)


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