“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano.
Así de simple, y así de desmesurado”.
Según la numerología, el siete es el número del pensamiento, la espiritualidad, la conciencia, el análisis psíquico y la sabiduría. La séptima carta del Tarot representa la victoria del espíritu y de la voluntad, la conquista en todos los planos de la mente, la ciencia y la intuición. Siete son los días de la semana, las notas musicales, las maravillas del mundo antiguo, el arte que el cine representa y los largometrajes de ficción inspirados en relatos o guiones de Gabriel García Márquez que se programan en el ciclo de homenaje a su participación en el cine.
Ordenada cronológicamente, la relación de filmes se inicia en 1979, con La viuda de Montiel, se adentra en los años ochenta con Tiempo de morir, Edipo alcalde y Cartas del parque, hasta culminar en plena contemporaneidad cinematográfica latinoamericana con La mala hora, El coronel no tiene quien le escriba y Del amor y otros demonios. Todas, al momento de su estreno, fueron discutidas, cuestionadas, de acuerdo con la cuerda controversial que acompañó siempre a las transcripciones fílmicas de la imaginería macondiana, garcíamarquiana. Estoy convencido —e intento demostrarlo en un libro que ojalá viera la luz en 2012— de que muchos críticos no fuimos del todo justos con las películas inspiradas en relatos de García Márquez, y nos dejamos llevar por el habitual prejuicio de comparar los grandes o pequeños logros de las películas con la estatura descomunal de los originales literarios. Mucho de interés artístico y legitimidad cultural destaca en algunas de estas adaptaciones literarias, y, sin embargo, los especialistas, y una buena parte del público, fuimos ciegos a tales hallazgos, nos refugiamos en el socorrido estigma de que «el libro es mejor» y soslayamos ciertos méritos de creadores eminentes, enfrentados al reto gigantesco de re-crear narraciones avaladas por su universal resonancia.
Entre los cineastas reincidentes, cuyos encuentros con la narrativa del escritor colombiano jamás estuvieron signados por ningún extraño maleficio, se encuentran el mexicano Arturo Ripstein (Tiempo de morir, El coronel no tiene quien le escriba), el cubano Tomás Gutiérrez Alea (Cartas del parque, Contigo en la distancia), el mozambicano-brasileño Ruy Guerra (quien se ha encargado de llevar a la pantalla Eréndira, Fábula de la bella palomera, Me alquilo para soñar, y La mala hora, también llamada O Veneno da Madrugada) o el colombiano Jorge Alí Triana (Tiempo de morir, Edipo alcalde), sin contar a creadores de otras latitudes culturales (el italiano Francesco Rosi, el británico Mike Newell, el danés Henning Carlsen o la china Li Shao-Hong), interesados en ilustrar audiovisualmente los temas universales presentes en la obra del Premio Nobel colombiano.
Sería una tontería medio chovinista asegurar que solo los cineastas latinoamericanos son capaces de adaptar con propiedad a García Márquez. Estar de acuerdo con ello sería como respaldar la propiedad exclusiva de los británicos sobre Shakespeare, o de los rusos con Chéjov. Pero sí estoy seguro de que la colindancia referencial y cultural del director de cine ayuda a reinterpretar en imágenes y sonidos un relato concebido para ser leído e imaginado. Es por ello que algunas de las mejores versiones de historias creadas por el autor de Cien años de soledad pertenecen a cineastas latinoamericanos.
Todavía pueden recordarse en positivo, además de los siete títulos que incluye la retrospectiva homenaje, otros empeños memorables como El gallo de oro (Roberto Gavaldón), En este pueblo no hay ladrones (Alberto Isaac), María de mi corazón (Jaime Humberto Hermosillo), Milagro en Roma (Lisandro Duque) o Del amor y otros demonios (Hilda Hidalgo), que le dieron colorido y realce a la cinematografía latinoamericana en sus épocas respectivas. Revisitados los filmes, y justipreciados sus méritos, no sé por qué tendríamos que seguir repitiendo el estribillo de que García Márquez y el cine conforman un matrimonio mal avenido.