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Se narra una época, el siglo XVII, en el Virreinato de México, en la que la inteligencia sí tiene sexo. "Las cosas de Dios y las del César están mezcladas" y los arzobispos, apoyados por teólogos desalmados, aseguraban que "Dios no creó a la mujer para filosofar". Fue ese el tiempo de la monja de "cuerpo abstracto" y almas sin más prisiones que las decididas por ella misma: Sor Juana Inés de la Cruz, la amante fiel del divino esposo, pues Dios quiso que amara más a su astrolabio, sus libros y su telescopio, que a él mismo.
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